Durante buena parte de la vida adulta, los días parecen venir ya organizados. Hay horarios, obligaciones, personas que dependen de nosotros, tareas pendientes y una agenda que rara vez se queda vacía.
Y entonces llega la jubilación.
Para muchas personas supone una etapa esperada y llena de posibilidades. Para otras, junto a la alegría de disponer de más tiempo, aparece una sensación inesperada: “Ahora que ya no tengo que trabajar, ¿qué quiero hacer con mis días?”
No tiene por qué ser una crisis ni significar que algo vaya mal. Después de décadas en las que la profesión ha marcado horarios, relaciones y responsabilidades, es normal necesitar un tiempo para construir una rutina diferente.
Aquí puede resultar interesante acercarse a una idea japonesa que cada vez conocemos mejor en Occidente: el ikigai.
Hablar de ikigai, jubilación y propósito no consiste en buscar una gran misión que transforme nuestra vida de la noche a la mañana. Puede ser algo mucho más sencillo: descubrir esas pequeñas razones que hacen que apetezca levantarse, ponerse en marcha y sentir que el día tiene contenido.
¿Qué significa realmente ikigai?
La palabra ikigai procede de Japón y no tiene una traducción perfecta al castellano.
En la literatura científica se ha descrito de manera amplia como aquello que hace que la vida merezca la pena, y está relacionado con conceptos como el sentido vital, el propósito, la motivación y la sensación de tener algo importante que hacer o disfrutar.
Conviene aclararlo porque alrededor del ikigai se ha popularizado en Occidente la idea de que debemos encontrar una especie de gran vocación personal.
No necesariamente.
El ikigai puede encontrarse en cosas bastante cotidianas: cuidar unas plantas, aprender algo nuevo, preparar la comida para alguien querido, salir a caminar con una amiga, colaborar con una asociación, disfrutar de los nietos o dedicar tiempo a una afición.
No hace falta cambiar el mundo.
A veces basta con tener algo que nos importe y que dé cierta dirección al día.

¿Por qué puede cambiar el sentido de propósito al jubilarnos?
El trabajo aporta mucho más que un sueldo.
Durante años también puede proporcionar estructura, objetivos, relaciones sociales, sensación de utilidad y una identidad reconocible: profesora, administrativo, enfermera, comerciante, mecánico, autónoma…
Cuando esa etapa termina, algunas personas descubren rápidamente cómo quieren ocupar su tiempo. Otras necesitan reorganizarse.
La investigación muestra precisamente que la relación entre jubilación y propósito es compleja: no todas las personas experimentan el cambio de la misma manera. Algunos estudios han observado un menor sentido de propósito entre determinados grupos de personas completamente jubiladas, mientras que mantenerse implicado en actividades se relaciona con una mayor sensación de propósito.
Eso no significa que haya que llenar cada minuto de la agenda.
Jubilarse también significa poder descansar, improvisar y disfrutar de no tener obligaciones constantes.
La cuestión está en encontrar un equilibrio entre tener tiempo libre y tener motivos que den contenido a ese tiempo.
El propósito no tiene por qué ser extraordinario
Quizá una de las mayores dificultades al hablar de propósito sea la propia palabra.
Suena importante.
Casi solemne.
Puede llevarnos a pensar que deberíamos descubrir una pasión enorme, escribir una novela, emprender un proyecto revolucionario o encontrar de repente “aquello para lo que hemos venido al mundo”.
Esa presión no ayuda demasiado.
El propósito también puede manifestarse a pequeña escala.
Puede ser cuidar el huerto.
Preparar una ruta para caminar dos veces por semana.
Ayudar a recoger a los nietos.
Aprender fotografía.
Participar en las actividades del barrio.
Volver a tocar un instrumento.
Mantener una amistad.
Cuidarse para conservar la autonomía durante muchos años.
El sentido no depende necesariamente del tamaño de aquello que hacemos, sino del valor que tiene para nosotros.
Cinco preguntas para acercarte a tu ikigai después de la jubilación
No existe un cuestionario capaz de revelar automáticamente nuestro propósito. Pero hacerse buenas preguntas puede ayudarnos a detectar qué actividades, relaciones y proyectos queremos conservar o incorporar a esta etapa.
¿Qué cosas hacen que pierda la noción del tiempo?
Piense en aquellas actividades en las que se siente cómoda, entretenida o concentrada.
Quizá cocinar, coser, cuidar plantas, arreglar cosas, leer, caminar, pintar, organizar fotografías antiguas o investigar sobre algún tema que siempre le ha interesado.
No tiene que convertirse en experta ni sacar ningún rendimiento económico.
Si una actividad proporciona interés y ganas de volver a ella, ya ofrece una pista.
¿Qué echaba de menos cuando tenía menos tiempo?
Durante los años de trabajo solemos repetir una frase: “Cuando tenga tiempo, haré…”
Conviene terminarla.
Tal vez quedó pendiente aprender inglés, apuntarse a baile, viajar por España, escribir recuerdos familiares, volver a nadar o simplemente leer todos esos libros acumulados en casa.
La jubilación no garantiza que acabemos haciéndolo. Si no incorporamos esos deseos a la rutina, los meses pueden pasar sorprendentemente deprisa.
¿A quién me gusta dedicar parte de mi tiempo?
El propósito no tiene por qué encontrarse únicamente en actividades individuales.
Las relaciones con familiares, amigos, vecinos y otras personas de nuestro entorno también pueden aportar sentido.
Una revisión sistemática sobre propósito vital en adultos mayores encontró que las relaciones sociales, la integración social y la sensación de importar a otras personas aparecen entre las dimensiones y factores vinculados al propósito.
Puede que una parte importante de esta nueva etapa consista precisamente en disponer de más tiempo para cuidar vínculos que antes quedaban relegados por las obligaciones.
¿Qué me gustaría seguir aprendiendo?
La jubilación puede cerrar una etapa profesional, pero no la curiosidad.
Universidades para mayores, centros culturales, bibliotecas, asociaciones, cursos municipales y recursos online permiten acercarse a materias que quizá nunca tuvieron cabida en nuestra vida laboral.
Historia, pintura, música, tecnología, jardinería, idiomas, cocina, escritura…
Aprender por el mero placer de aprender puede convertirse en una estupenda razón para estructurar la semana.
¿Cómo quiero sentirme dentro de unos años?
No se trata únicamente de pensar qué queremos hacer mañana.
También merece la pena imaginar cómo queremos vivir esta etapa.
Quizá deseamos conservar la independencia, seguir viajando, poder salir a caminar, mantener nuestras amistades o disponer de energía para continuar haciendo planes.
Ese tipo de objetivos puede ayudarnos a tomar pequeñas decisiones diarias: movernos más, cuidar el descanso, mantener una alimentación variada, atender nuestra movilidad y conservar una vida social activa.
El propósito también puede comenzar con algo tan sencillo como querer seguir haciendo durante mucho tiempo las cosas que disfrutamos hoy.
Tu nueva rutina necesita puntos de apoyo
Cuando desaparecen los horarios laborales, es fácil imaginar que todos los días serán completamente libres.
Al principio puede resultar estupendo.
Pero una libertad sin ninguna estructura también puede terminar haciendo que los días se parezcan demasiado entre sí.
No hace falta volver a vivir pendiente del reloj. Basta con crear algunos puntos de apoyo.
Por ejemplo:
- lunes y jueves, paseo por la mañana;
- martes, clase o actividad;
- miércoles, café con una amiga;
- viernes, compra y cocina tranquila;
- una mañana al mes, excursión o visita cultural.
El resto puede quedar abierto.
La idea no es llenar huecos, sino construir pequeñas cosas que apetezca esperar.
Moverse también puede formar parte del propósito
Existe una conexión interesante entre propósito y actividad.
Un análisis con datos del estudio estadounidense Health and Retirement Study observó que las personas manifestaban un mayor sentido de propósito en momentos en los que participaban más en actividades de ocio, y que quienes se mantenían más activos mostraban un menor descenso del propósito a lo largo del tiempo. Se trata de una asociación, no de una demostración de causa y efecto, pero aporta una idea útil: hacer cosas que nos implican puede ayudar a dar contenido a esta etapa.
Además, muchos propósitos cotidianos necesitan que podamos movernos con cierta comodidad.
Salir a pasear.
Ir a una exposición.
Viajar.
Acudir a una clase.
Ver a los amigos.
Cuidar el jardín.
Jugar con los nietos.
Por eso cuidar la movilidad, mantener una actividad física adaptada a nuestras posibilidades y prestar atención al bienestar articular puede formar parte de una estrategia mucho más amplia: conservar la autonomía necesaria para seguir haciendo aquello que da sentido a nuestros días.
No se trata de entrenar para conseguir marcas. Muchas veces consiste simplemente en mantenerse en movimiento para seguir participando en la propia vida.

Un propósito puede cambiar con el tiempo
Encontrar algo que nos motive hoy no significa que tenga que acompañarnos para siempre.
Nuestros intereses cambian.
También lo hacen nuestras circunstancias, relaciones, capacidades y prioridades.
Quizá durante unos años el centro de nuestra vida sean los nietos. Más adelante puede ser una afición, una amistad, un voluntariado o un proyecto personal.
El ikigai no tiene por qué ser una respuesta definitiva.
Puede evolucionar.
Esta idea resulta especialmente liberadora porque elimina la necesidad de acertar a la primera. Podemos probar una actividad, descubrir que no era para nosotros y buscar otra.
La jubilación ofrece precisamente algo que antes solía escasear: tiempo para explorar sin que todo tenga que ser útil o productivo.
El valor de sentirse útil sin volver a vivir para las obligaciones
Hay una diferencia importante entre sentirse útil y sentirse imprescindible.
Durante buena parte de la vida quizá hemos cuidado hijos, atendido familiares, respondido ante compañeros, dirigido equipos o mantenido un negocio.
La jubilación puede ser una buena oportunidad para seguir aportando experiencia sin cargar otra vez la agenda de responsabilidades.
El voluntariado es una posibilidad, pero no la única.
Podemos ayudar a alguien con una habilidad que dominamos, participar en una asociación, colaborar en actividades del barrio, enseñar algo que sabemos o acompañar a una persona que necesita conversación.
La clave está en que la actividad tenga sentido sin convertirse nuevamente en una obligación agotadora.
También tenemos derecho a disfrutar.
Qué hacer cuando no sabemos qué nos ilusiona
Hay etapas en las que ninguna gran idea aparece.
No pasa nada.
Esperar a sentir una motivación enorme antes de empezar puede dejarnos paralizados. Muchas veces ocurre, al contrario: empezamos haciendo algo pequeño y el interés aparece después.
Puede funcionar una estrategia muy sencilla: probar antes de decidir.
Ir un día a una clase.
Aceptar un paseo.
Visitar una asociación.
Apuntarse a una actividad de corta duración.
Retomar una afición durante un mes.
No es necesario comprometerse para siempre.
El objetivo es observar una cosa: ¿cómo me siento después de hacerlo?
Si llegamos a casa con ganas de repetir, quizá merezca la pena seguir por ahí.
Un ejercicio práctico: construye tu semana con sentido
En lugar de intentar responder de golpe a la pregunta “¿cuál es mi propósito?”, podemos empezar por algo mucho más manejable.
Tome una hoja y escriba cuatro apartados:
Algo que disfruto.
Puede ser leer, cocinar, caminar, pintar, escuchar música o cualquier actividad que resulte agradable.
Alguien con quien quiero compartir tiempo.
Una amiga, la pareja, los hijos, vecinos o alguien con quien hace demasiado que no hablamos.
Algo que quiero aprender o mejorar.
Una habilidad práctica, un idioma, tecnología, fotografía, cocina o aquello que despierte curiosidad.
Algo que quiero cuidar.
Puede ser el cuerpo, la movilidad, el jardín, una relación, un animal, un proyecto o incluso la tranquilidad.
Ahora elija una pequeña acción de cada apartado que pueda realizar durante las próximas semanas.
Eso ya puede ser un comienzo.
Porque encontrar un propósito después de la jubilación no siempre consiste en descubrir una respuesta.
Muchas veces consiste en empezar a construirla.
Preguntas frecuentes sobre ikigai, jubilación y propósito
¿Qué es el ikigai explicado de forma sencilla?
Es un concepto japonés relacionado con aquello que aporta sentido, valor o motivación a la vida. Puede incluir objetivos importantes, pero también actividades, relaciones y placeres cotidianos que hacen que sintamos que nuestros días merecen la pena.
¿Hay que tener un gran propósito después de jubilarse?
No. El propósito puede encontrarse en objetivos modestos y personales. Cuidar relaciones, aprender, mantenerse activo, colaborar con otras personas o dedicar tiempo a una afición pueden proporcionar dirección y significado sin necesidad de perseguir una gran misión.
¿Es normal sentirse algo perdido después de jubilarse?
La transición a la jubilación puede modificar rutinas, relaciones y la identidad ligada al trabajo, y las personas la viven de maneras muy distintas. La investigación señala que el vínculo entre jubilación y propósito no es igual para todo el mundo. Mantener actividades significativas puede ser uno de los recursos útiles durante esta adaptación.
¿Puede cambiar mi ikigai con los años?
Sí. Los intereses y las circunstancias evolucionan, por lo que aquello que da sentido a nuestra vida también puede hacerlo. No hace falta encontrar una respuesta permanente.
¿Qué puedo hacer si no encuentro ningún propósito claro?
Empiece por actividades pequeñas en lugar de esperar una revelación. Recuperar una afición, quedar con alguien, probar una clase, pasear regularmente o aprender algo nuevo puede ayudar a descubrir qué merece un lugar estable en su nueva rutina.
La jubilación no necesita una nueva lista de obligaciones
Después de tantos años cumpliendo horarios, quizá lo último que necesitamos sea convertir el bienestar en otra tarea pendiente.
Encontrar un ikigai no consiste en levantarse cada mañana pensando que tenemos que aprovechar hasta el último minuto.
También hay propósito en una vida tranquila.
En cuidar nuestros vínculos.
En mantener el cuerpo lo suficientemente activo para seguir haciendo planes.
En aprender sin exámenes.
En ayudar sin cargar con todo.
En disfrutar sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
Tal vez la pregunta más útil para esta etapa no sea “¿cuál es el gran propósito de mi vida?”, sino una bastante más cercana:
¿Qué pequeñas cosas hacen que tenga ganas de que llegue mañana?
Empezar por ahí puede ser más que suficiente.
Francisco Hernández Mir.

