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Voluntariado Y Bienestar: Por Qué Ayudar A Otros Puede Darte Más Vitalidad Después De Los 55

Hay etapas de la vida en las que disponer de más tiempo no significa necesariamente sentirse mejor.

Después de la jubilación, cuando los hijos ya han hecho su vida o cuando cambian las rutinas de siempre, algunas personas echan en falta algo que antes parecía venir dado: tener un motivo para salir de casa, sentirse necesarias o compartir tiempo con otras personas.

El voluntariado puede ofrecer precisamente eso.

Y cuando hablamos de voluntariado y bienestar después de los 55, no se trata solo de lo que uno aporta. También importa todo lo que ocurre alrededor: conocer gente, mantener una rutina, aprender, moverse, conversar y sentir que todavía hay mucho que ofrecer.

La investigación lleva años observando esta relación. Una revisión sistemática reciente que reunió 182 trabajos encontró que el voluntariado en personas mayores se asocia, en conjunto, con beneficios psicológicos, sociales y físicos, aunque los investigadores también recuerdan que todavía hacen falta más estudios experimentales de calidad para demostrar con precisión cuánto se debe al voluntariado en sí.

Ayudar a otros también puede ayudarte a ti

Una mañana a la semana acompañando a personas mayores.

Colaborar con un banco de alimentos.

Pasear perros de una protectora.

Ayudar en una asociación cultural.

Enseñar algo que sabes hacer.

Participar en actividades del barrio.

El voluntariado puede adoptar formas muy distintas, y quizá esa sea una de sus mayores ventajas: no obliga a encajar en un único modelo.

Hay quien disfruta hablando con gente. Hay quien prefiere organizar cosas entre bastidores. Otras personas necesitan una actividad que implique salir y moverse.

Lo importante es encontrar algo que tenga sentido para ti.

Porque ayudar a los demás también puede devolver algo muy valioso: la sensación de seguir participando activamente en la vida.

Tener un motivo para levantarse cambia el día

Cuando existe un compromiso aunque sean unas pocas horas a la semana el día adquiere cierta estructura.

Hay que levantarse.

Vestirse.

Salir.

Llegar a una hora.

Hablar con otras personas.

Resolver pequeñas cosas.

Son gestos aparentemente sencillos, pero juntos pueden marcar una gran diferencia cuando la rutina diaria empieza a quedarse demasiado vacía.

Diversas investigaciones sobre voluntariado en personas mayores han encontrado asociaciones con mayor satisfacción vital, mejor percepción de la propia salud y menor presencia de síntomas depresivos. Una revisión de estudios longitudinales ya observaba estas relaciones, aunque advertía de que no siempre es fácil separar el efecto del voluntariado de otras características de las personas que deciden participar.

Dicho de otra forma: el voluntariado puede venir muy bien, pero no hace falta convertirlo en una receta universal.

La conexión social importa más de lo que parece

A partir de cierta edad, algunas relaciones cambian.

Se deja de coincidir cada mañana con compañeros de trabajo.

Los hijos tienen sus horarios.

Los amigos viven más lejos.

Y puede ocurrir que pasen varios días sin mantener una conversación larga con alguien fuera del círculo más cercano.

El voluntariado crea oportunidades de encuentro que de otro modo quizá no aparecerían.

No hace falta hacerse amiga íntima de todo el mundo.

A veces basta con tener personas a las que saludar, comentar cómo ha ido la semana, compartir una tarea o echarse unas risas mientras se prepara algo.

Esa sensación de pertenecer a un grupo puede ser especialmente valiosa.

Una revisión amplia sobre los efectos del voluntariado encontró beneficios potenciales en las áreas social, mental y física, aunque señaló que la calidad de muchos de los estudios disponibles era limitada.

Por eso merece la pena quedarse con una idea prudente: mantener vínculos y participar en la comunidad es una parte importante del bienestar, y el voluntariado puede ser una forma muy natural de conseguirlo.

También es una manera de seguir activa

No todos los voluntariados implican actividad física.

Pero muchos obligan a hacer algo que fácilmente desaparece de la rutina cuando se pasa demasiado tiempo en casa: moverse.

Caminar hasta el centro de la asociación.

Preparar materiales.

Ordenar.

Acompañar a alguien.

Desplazarse por el barrio.

Permanecer de pie durante un rato.

Nada de esto sustituye al ejercicio físico, pero sí puede ayudar a que el día tenga menos horas sentadas.

Además, participar en actividades fuera de casa puede facilitar algo todavía más importante: conservar la costumbre de salir y mantenerse activa.

Sentirse útil no tiene fecha de jubilación

Durante buena parte de la vida adulta solemos tener papeles muy definidos.

Profesional.

Madre.

Padre.

Cuidadora.

Compañera de trabajo.

Responsable de una casa.

Cuando algunas de esas funciones cambian, es normal preguntarse: “¿Y ahora qué?”.

El voluntariado puede ofrecer un espacio en el que la experiencia acumulada durante décadas vuelve a tener utilidad.

Quizá sabes coser.

Organizar cuentas.

Escuchar.

Cocinar.

Enseñar.

Arreglar cosas.

Gestionar grupos.

Hablar otros idiomas.

Acompañar con paciencia.

Hay habilidades que no aparecen en ningún currículum y, sin embargo, pueden resultar tremendamente valiosas para otra persona.

Y descubrirlo puede devolver confianza.

No necesitas convertirte en “voluntaria profesional”

También aquí existe un riesgo: entusiasmarse y terminar llenando la agenda de obligaciones.

No hace falta.

El voluntariado debería sumar, no convertirse en otra fuente de agotamiento.

La revisión más reciente sobre voluntariado en adultos mayores señala precisamente que los posibles efectos dependen también del tipo de actividad y de la cantidad de horas dedicadas, y que los posibles inconvenientes probablemente estén menos estudiados que los beneficios.

Por eso conviene empezar poco a poco.

Una mañana cada quince días.

Dos horas a la semana.

Una colaboración puntual.

Después ya habrá tiempo de decidir si apetece hacer más.

¿Qué tipo de voluntariado puede encajarte?

Empieza por una pregunta bastante sencilla:

¿Qué me gustaría hacer incluso si nadie me pagara por ello?

Tal vez te dé alguna pista.

Si te gustan los animales, una protectora puede ser una opción.

Si disfrutas conversando, quizá encajes en programas de acompañamiento.

Si te gusta leer, puedes colaborar en iniciativas culturales o educativas.

Si disfrutas al aire libre, existen actividades ambientales y comunitarias.

Y si prefieres tareas tranquilas, muchas organizaciones necesitan ayuda administrativa, organización de materiales o apoyo desde casa.

No es necesario elegir la causa más importante del mundo.

Es mejor encontrar aquella con la que realmente conectas.

Empieza cerca de casa

Antes de buscar grandes organizaciones nacionales, merece la pena mirar alrededor.

El centro cultural del barrio.

Una asociación vecinal.

Una biblioteca.

Una protectora.

Una parroquia.

Una ONG local.

Un programa municipal.

Muchas veces las oportunidades más satisfactorias están a veinte minutos andando de casa.

Eso también facilita mantener el compromiso sin que desplazarse se convierta en una carga.

El voluntariado no tiene que llenar ningún vacío a la fuerza

Ayudar a otros puede ser enormemente gratificante.

Pero tampoco debería utilizarse como obligación para estar siempre ocupada o evitar sentimientos difíciles.

Hay momentos en los que lo que necesitamos es compañía.

Otros, descanso.

Otros, ayuda profesional.

Y otros, simplemente recuperar el gusto por hacer cosas.

El voluntariado puede formar parte de una vida rica y activa, pero no tiene por qué solucionar todos los problemas.

Entonces, ¿ayudar a otros realmente “suma años”?

Conviene interpretar esta idea con cuidado.

Algunos estudios observacionales han encontrado una asociación entre realizar voluntariado en edades avanzadas y una menor mortalidad. Una revisión de 26 estudios con más de 47.000 participantes encontró precisamente ese resultado, aunque para otros beneficios la evidencia era menos concluyente.

Pero una asociación no permite asegurar que hacer voluntariado vaya a hacer vivir más a una persona concreta.

Hay muchos factores que influyen.

Por eso quizá sea más acertado hablar de sumar vitalidad a los años.

Más conversaciones.

Más movimiento.

Más experiencias.

Más motivos para salir.

Más sensación de formar parte de algo.

Y eso ya es bastante.

Cinco ideas para empezar sin complicarte

  1. Busca algo que realmente te interese. La causa importa, pero también que disfrutes de la actividad.
  2. Empieza con pocas horas. Siempre podrás aumentar después.
  3. Elige algo accesible. Cuanto más sencillo sea desplazarte y participar, más fácil será mantenerlo.
  4. Prueba antes de comprometerte. Algunas organizaciones permiten asistir a una actividad antes de decidir.
  5. Escucha cómo te hace sentir. Si vuelves a casa cansada pero satisfecha, probablemente vas por buen camino. Si se convierte en una obligación pesada, quizá simplemente no era el lugar adecuado.

A veces, recibir empieza por dar

Hay una idea bonita detrás del voluntariado después de los 55.

Durante muchos años pensamos que cuidar el bienestar consiste en hacer cosas para nosotros mismos: caminar, comer mejor, descansar, mantenernos activos.

Todo eso importa.

Pero el bienestar también puede aparecer cuando hacemos algo por otra persona.

Una conversación.

Una hora de compañía.

Una tarea compartida.

Un pequeño favor repetido cada semana.

No hace falta cambiar el mundo.

A veces basta con descubrir que todavía podemos hacer que el día de alguien sea un poco mejor.

Y, casi sin darnos cuenta, el nuestro también cambia.

Francisco Hernández Mir.